La historia nos cuenta desde los comienzos mismos, el valor del fuego. El poder lo tenía quien lo poseía, ya sea para cocinar, para cazar, para atacar…. Por esto mismo existían personas encargadas y hasta diré especializadas en el arte de cuidar el fuego. Un pueblo sin fuego era un pueblo débil, un pueblo sin esperanzas, un pueblo indefenso y sobre todo un pueblo que no progresaba. Vivimos en un mundo que cree haber superado al fuego pero que en muchos casos no progresa. Será que no supimos valorar el legado de nuestros ancestros?
Unos pocos hemos conocido ese fuego,hemos tenido la gracia de masticar, la gracia de sentir el fuego del Espíritu, ese Espíritu que se cultiva en intimidad, en oración profunda, en momentos en los que estamos atentos, abiertos, sedientos de Dios. El secreto ya lo hemos descubierto, nos falta la gimnasia. Esa búsqueda incansable de mantenerlo vivo, de cultivarlo e incrementarlo y así poder transmitirlo en todo momento. Y la única forma de contagiar fuego, de contagiar Espíritu es estar lleno. Es esbozar esa sonrisa pura y franca, ese gesto desinteresado que solo puede dar quien está en gracia de Dios. La frase “Un hijo de María Jamás Perecerá”, nos inspira a diario a sentirnos fuertes y sobretodo Amados por Dios, protegidos por María que es Madre.
Las palabras Nunca, Jamás, son palabras que expresan ideas radicales, expresan elección, pero a su vez una fuerza y un compromiso que las hacen palabras admirables, inspiradoras. Nos preguntamos ¿ser fuego?, Sí, ser fuego significa fundamentalmente dos opciones de vida: que encuentren en nosotros la tranquilidad única comparable a la de estar frente a un hogar a leña, cobijados y relajados por esa presencia palpable y que a unos metros de distancia ya sentimos frío y falta de luz. A unos metros del fuego no notamos de su presencia si perdemos el contacto visual; por eso queremos permanecer todo el tiempo a su lado y por otra parte no queremos que nadie nos se interponga entre el fuego y nosotros. De esta manera seremos instrumentos vivos del Espíritu. que sientan al estar cerca nuestro la sensación de “quemarse”; irradiar un fuego intenso desde la propia mirada penetrante y con la fuerza inmensa de un alma joven, con esas actitudes que inspiran, contagian, impulsan y hasta hacen sentir incómodos a aquellos que por comodidad no hacen nada. Esa fuerza que brota de lo más profundo, que nos hace ser fuego, ser intensos en todas y cada una de nuestras acciones, ser intensos ayudando, estudiando, descansando, trabajando, pensando, reposando, contemplando y todas las millones de acciones que hagamos cada día. Por esta razón seamos cada vez más fuego contagiemos a todos, y por sobre todo cuidemos este valuarte, no dejemos nunca que se apague, mantengamos viva la brasa que con poco esfuerzo se convierte en fuego, mantengamos vivo el rescoldo…





